La adolescencia trae cambios de ánimo, necesidad de privacidad y distancia con los adultos. Eso es esperable. La pregunta que suelen hacerse las familias es dónde está la línea entre lo propio de la edad y lo que necesita atención.
Hay tres criterios útiles. El primero es la duración: un cambio que se sostiene por varias semanas, no un mal día o una mala semana. El segundo es la intensidad: cuando la reacción es desproporcionada frente a lo que la produjo. El tercero, y el más importante, es la interferencia: cuando lo que está pasando afecta el colegio, el sueño, la alimentación o hace que abandone actividades y vínculos que antes le importaban.
Algunas señales concretas que conviene no dejar pasar: aislamiento marcado y sostenido, caída brusca del rendimiento académico, cambios importantes en el sueño o el apetito, irritabilidad constante, pérdida de interés en todo, o cualquier comentario sobre no querer estar o sobre hacerse daño. Esto último siempre se atiende, nunca se minimiza ni se pone a prueba.
El mejor primer paso suele ser el más simple: preguntar directamente, sin interrogar, y escuchar sin corregir de inmediato. Y si hay dudas, consultar. Una valoración profesional no etiqueta a nadie; sirve para saber si hace falta acompañamiento o no.
Si estás atravesando esta situación en tu familia y necesitas orientación, escríbenos. En Colombia también está disponible la Línea 106 y la línea nacional de salud mental 192, opción 4, para atención inmediata.