Una de las creencias más extendidas es que la terapia es para cuando ya no se puede más. En la práctica ocurre lo contrario: entre más temprano se pide ayuda, más corto y más manejable suele ser el proceso.
Hay algunas señales que vale la pena tomar en serio. La primera es la persistencia: una emoción difícil que no cede después de varias semanas, que aparece casi todos los días y que ya no depende de un hecho puntual. La segunda es la interferencia: cuando lo que sientes empieza a afectar el sueño, el apetito, el rendimiento en el trabajo o el estudio, o la manera en que te relacionas con quienes te rodean.
También es momento de consultar cuando estás repitiendo un patrón que reconoces pero no logras cambiar, cuando estás atravesando una pérdida o un cambio grande, o simplemente cuando quieres entenderte mejor sin que haya una crisis de por medio. Ese último motivo es tan válido como los demás.
No necesitas llegar con un diagnóstico ni con las palabras exactas. Basta con poder describir qué te está preocupando. La primera sesión sirve justamente para eso: ordenar lo que está pasando y definir hacia dónde va el proceso.