La primera sesión es una valoración. El objetivo no es resolver nada todavía, sino que el profesional entienda tu situación y que tú entiendas cómo va a funcionar el proceso.
No necesitas preparar un discurso. Sí ayuda tener presentes tres cosas: qué te trajo a consulta, desde cuándo lo estás sintiendo, y qué has intentado hasta ahora. Si has tenido procesos terapéuticos antes o estás tomando algún medicamento, menciónalo, aunque parezca no relacionado.
Es normal no saber por dónde empezar y quedarse en blanco. También es normal llorar, o no sentir nada. El profesional está entrenado para conducir la conversación, así que no tienes que llenar todos los silencios.
Al final de la sesión deberías salir con una idea aproximada de tres puntos: cuál es el enfoque de trabajo, con qué frecuencia se harán las sesiones y qué se espera lograr. Si algo de eso no queda claro, pregúntalo. Tienes derecho a entender tu propio proceso.
Una última cosa: la conexión con el profesional importa. Si después de dos o tres sesiones sientes que no hay ajuste, decirlo es parte del proceso, no un fracaso.